Recursos para escritores VI: El lector no es tonto

Este lema se dice mucho en literatura, y realmente tiene mucho sentido, no solo porque a nadie le gusta que lo tomen por tonto, sino porque tener en cuenta esta “máxima” contribuye a incrementar la calidad literaria.

Bien, pero ¿cuándo estamos tratando al lector de tonto?

 

1/ Explicaciones excesivas

 

A veces tenemos la tentación de explicar más de lo realmente necesario por temor a que el lector no entienda lo que queremos expresar. Tener en cuenta que nuestro texto sea claro es susceptible de ser valorable para el lector, a no ser que queramos escribir un texto conscientemente críptico. Sin embargo, nuestra voluntad de ser claros no justifica las explicaciones innecesarias. Por norma general, yo procuro ser lo más escueto posible en cuanto a descripciones y explicaciones, y lo hago del siguiente modo:

a) Escribiendo solo lo relevante. (Para una ampliación, véase esta entrada).

b) Teniendo en cuenta la capacidad deductiva del lector. No hace falta dárselo todo masticado, pero tampoco hay que irse al extremo contrario y escribir de forma obscura (a no ser, insisto, que se quiera hacer deliberadamente).

 

2/ Incoherencias veladas 

 

Imagino que como yo, muchos otros escritores también tienen la tentación de introducir ciertos elementos incoherentes con el conjunto de la narración aunque sean conscientes de ello. Se nos ocurren ideas brillantes y no queremos dejarlas fuera, e ingeniamos todo tipo de virguerías para introducirlas de algún modo. En casos extremos, ciertas sagas empiezan siendo de un género literario concreto y acaban siendo de otro, cosa que en muchos lectores puede causar consternación y decepción.

Esta actitud no es honesta ni con el lector ni con nuestra propia obra, y aparte, haciéndonos eco del título de la entrada, el lector no es tonto y seguramente lo detectaráPor tanto, nada de incoherencias conscientes (otra cosa es introducir una incoherencia de forma involuntaria, en cuyo caso será un despiste y habrá de solucionarse tras el repaso de la narración, ya sea por nuestra parte o de los lectores beta).

 

3/ Recordar al lector sucesos anteriores

 

Otras veces sucede que tememos que el lector haya olvidado lo que narramos muchas páginas atrás. En ese caso hemos de tener en cuenta que eso no es problema nuestro, sino del lector. Si uno ha narrado el suceso, es asunto del lector el permanecer atento a la lectura y que lo recuerde muchas páginas después. No repitáis lo ya escrito a modo de recordatorios, y yo agregaría que ni siquiera debe hacerse en caso de sagas. El lector puede apuntarse los sucesos en un documento aparte si quiere recordarlos, pero nuestro libro es la narración de una historia, y los recordatorios sobran.

 

4/ Previsibilidad 

 

Así como no debemos retroceder, tampoco debemos dar demasiadas pistas de lo que va a ocurrir en lo sucesivo, de tal modo que impidamos que se vuelva previsible. Pueden realizarse guiños y demás, pero nunca pistas muy claras. En la narración “normal” la claridad suele ser valorable, pero no en las pistas.

Asimismo, tampoco conviene escribir sucesos estereotipados. ¿No os ha sucedido que prevéis ciertos acontecimientos en las películas comerciales porque tienen siempre el mismo desarrollo o ciertos patrones de desarrollo? Ahí es donde yo lo veo más claro. Y sí, puede divertirte en cierto sentido haberlo adivinado, pero eso no tiene punto de comparación con el gozo de la sorpresa.

 

5/ Actitudes sermoneadoras, pedantes, y en general arrogantes

 

Sermonear al lector o usar nuestro libro como demostración de cuánto sabemos sobre algo también es tratarlo de idiota. Él o ella tiene su propio criterio sobre los asunto de la vida, y además no se ha acercado a tu libro para leer una monografía, sino para que le cuenten una historia. Como siempre, eso no excluye que se incluyan elementos académicos en la narración, pero deben ser pertinentes. (Para una ampliación de esta cuestión, además de algunos trucos sobre cómo introducir elemento intelectuales en la literatura, enlazamos a esta entrada).

 

6/ Prometer sin cumplir

 

Este punto va más bien dirigido a cuestiones extraliterarias. Me refiero al hecho de que si un autor expresa ciertas promesas a sus lectores, no dentro de la narración, sino en la sinopsis, en declaraciones en medios de comunicación y demás, lo honesto y sensato es cumplirlas, a no ser que queramos irritar a nuestro público.

 

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