La Cosmovisión Hipersintética. Artículo 3: Crítica a diversas nociones de sujeto o Yo

Ya hemos tratado en el Artículo B la noción de un sujeto como ente perceptor y creemos haberlo desmontado. Ahora bien, el sujeto insiste en existir y debemos ocuparnos de otras nociones del mismo:

 

a) Sujeto como conciencia.

Si entendemos la conciencia como esa especie de “envase” o “lugar” que recoge los pensamientos y las emociones, las dos entidades que se atribuyen propiamente al Yo, ¿cómo podemos saber qué es esa conciencia, si justamente sería lo que engloba o el “terreno” donde se dan las sensaciones, o más propiamente, las empirias, pero no estaría formada por estas?

Es decir, ¿cuál es el color de la conciencia, cuál su olor, su textura, su sonido, o su sentimiento? La conciencia entendida como ámbito de los pensamientos y las emociones, pero a la vez distinto de estas, no tiene ningún fundamento, ya que no hay ninguna empiria asociada a ella.

Esta es una crítica decisiva contra la fenomenología: si esta es la corriente filosófica que centra su atención en los “sucesos” dados a la conciencia, ¿qué podemos decir sobre la propia conciencia, si esta no se da a sí misma? En efecto, la presunta conciencia no se aparece a sí misma.

La idea de una conciencia contradice el mismo fundamento de la fenomenología si entendemos el lema “a las cosas mismas” en su vertiente más pura.

 

b) Sujeto como cúmulo de pensamientos y emociones.

Bien, podríamos eliminar la conciencia y suplantarla por un mero cúmulo de pensamientos y emociones que se desarrollan en el tiempo. Bajo esta consideración, los pensamientos y las emociones no formarían parte de una “dimensión” distinta a la del mundo, sino que estaría al mismo nivel de este pero se distinguiría en su distinta naturaleza.

Es decir, la idea del sujeto como algo distinto del objeto o del mundo se basaría en el hecho de que los pensamientos y las emociones son distintas en sí mismas a las cosas del mundo.

Sin embargo, hay que hacer una incisión importante aquí:

 

b.1) Los pensamientos no se distinguen en nada de las cosas “reales”

Berkeley y Hume distinguieron las cosas reales de las ideas por las siguientes características: mientras que las cosas reales son más vivaces, claras en su concreción y más “fijas”, los pensamientos son menos vivaces, más vagos y más volubles.

Sin embargo, estas distinciones se dan únicamente en lo que he llamado Contraste de Posterioridad entre unas y otras. Vamos a explicarlo.

Cuando yo concibo la Torre Eiffel, SIN reparar en el hecho de que la estoy imaginando o recordando, entonces la Torre Eiffel se aparece ante mí de modo idéntico a la Torre Eiffel “real”. En esos breves instantes, no hay ninguna distinción entre una torre y la otra.

Ampliando la cuestión, cuando me quedo ensimismado pensando en mis cosas, recordando sucesos pasados con mucha vehemencia, planeando a dónde voy a ir, cómo voy a organizarme para un plan futuro y cosas por el estilo, en esos breves instantes de total ensimismamiento estamos viviendo esas experiencias del mismo modo “que si fueran reales”. El mundo “real” desaparece y se impone el mundo “imaginario”, solo que en esos casos no hay ninguna distinción entre ambos.

Es solo bajo dos únicas condiciones (al menos las que he descubierto hasta ahora) que distinguimos lo real de lo imaginario.

Una es, como he dicho, el Contraste de Posterioridad: sabemos que estábamos “imaginando” porque “regresamos” al “mundo real” y vemos que este sigue una línea de acontecimientos distinta a la del mundo imaginario. Lo único que nos permite distinguir un mundo y otro es que el “real” es muy estable y más fijo, las cosas en él se desarrollan con unos “patrones” (o leyes físicas) más fijos, y por eso podemos identificarlo y distinguirlo, mientras que en el plano imaginario puede suceder casi cualquier cosa sin ninguna clase de estabilidad o de “leyes físicas”.

En este caso, simplemente separamos lo “real” de lo “imaginario” porque siguen Cursos de Acontecimientos, o Temporalidades, distintas, no por su naturaleza. En efecto, si el mundo “real” fuera tan voluble y flexible como el imaginario, nos sería absolutamente imposible distinguirlos por sí solos, ya que en realidad no hay ninguna diferencia entre una experiencia “imaginaria” y una “real”.

La otra condición es que se enfatice el hecho de que vamos a ponernos a imaginar, esto es, la Atención en la Imaginación. Porque cuando sabemos que estamos imaginando o pensando, sí sucede como decían Berkeley y Hume: esas fantasías son menos vivaces, más confusas y menos claras que las cosas del mundo externo. Pero como prácticamente nunca somos conscientes de cuándo estamos imaginando o pensando (pensar e imaginar es lo mismo dado que no hay diferencia entre pensar en la Luna e imaginarla), sino que vamos intercalando unas experiencias y otras sin ningún filtro o acontecimiento intermedio, en realidad vivimos en un único Plano de Realidad donde se confunden imaginación y experiencias reales.

A este estado o modalidad en que intercalamos experiencias “reales” e “imaginarias” (entre comillas, porque si en un momento dado no somos conscientes de su mutua diferencia, entonces esta no existe) la he llamado Fluir de las dos Temporalidades, esto es, la del “mundo externo” con la del “mundo interior”. Las llamo “Temporalidades” porque siguen sus propios cursos de acontecimientos: mientras en la externa estoy en el tren y se van sucediendo las paradas, en la interna puedo estar en mi casa (al recordarla), luego aparecer de pronto en la ciudad hacia la que me dirijo, luego crear un ser cualquiera. En todo esos casos, no es que yo recuerde, prediga o invente, sino que esas experiencias son de la misma naturaleza que las del tren, porque así se viven.

Solo en muy contadas ocasiones este estado se ve interrumpido, y son los casos en que separamos lo “externo” o real de lo “interno” o imaginario-emocional, y solo entonces se transforman: unas empirias se vuelven más vivaces, concretas y estables (las reales) y las otras más bien mortecinas, vagas y volubles (imaginarias). Insisto: la distinción entre lo real y lo imaginario no es algo que se dé de por sí, sino que aparece solo en los casos donde se rompe con el Fluir de las dos Temporalidades. Esto no sucede con el Contraste de Posterioridad, donde simplemente separamos por cursos de acontecimientos, pero lo hacemos de un modo muy leve (cuando estamos pensando en el tren no somos prácticamente conscientes de la diferencia entre estar en los pensamientos y estar en el tren), de tal modo que en realidad ese Contraste está dentro del Fluir de las Temporalidades.

b.2.) Los “pensamientos” y las emociones no están separados de las cosas “reales”

Tomemos ahora las emociones. Tendemos a pensar que las emociones son distintas de las sensaciones como el color, el sonido, el olor, el sabor y demás. Sin embargo, no son más distintas de lo que lo es el olor con respecto al sonido, o el mareo con respecto al calor.

¿Por qué motivo las consideramos aparte (al menos así suelo hacerlo yo)? De algún modo, las emociones se consideran más “personales”, seguramente porque mientras que muchas personas pueden percibir las otras sensaciones de forma simultánea (en un parque todos vemos los árboles y el lago), no todas tienen por qué experimentar las mismas emociones al respecto. Además las emociones contribuyen a guiarnos en las decisiones existenciales que tomamos continuamente, lo que aumenta esa sensación de que son más personales o íntimas.

Esta noción  de que las emociones son más personales, no obstante, parte de la idea de que existe un yo, cosa que aún no se ha probado, y de que existen otros yoes, también sin probar.

En cambio, las emociones se dan en la misma “esfera” de las cosas reales; no es que se perciba una dimensión en la que estoy en mi habitación, y una dimensión absolutamente aparte donde solo hay emociones, sino que las emociones y la habitación se dan todas juntas. Es más, las emociones suelen engancharse a las cosas y pasar a constituirlas: cuando algo nos gusta, no es que percibamos eso que nos gusta y aparte el placer o la satisfacción resultante, sino que se reúnen en el mismo objeto. A esto lo he llamado la Integración de la Emoción.

 

c) Sujeto como cuerpo con pensamientos y emociones propias

Podría argumentarse que los pensamientos y las emociones solo afectan a un único cuerpo de entre las cosas, aquel que cada uno llama “mi” cuerpo. Sin embargo, volvemos de nuevo al hecho de que los pensamientos y las emociones se dan junto con todo lo demás, de forma mezclada.

 

d) Sujeto como cuerpo actuante

Por último, podría determinarse que el sujeto es el cuerpo que responde ante los deseos, las emociones, los pensamientos y demás. Sin embargo, esa correlación entre “mi” cuerpo y el mundo interior (pensamientos y emociones) podría ser puramente arbitraria y en cada caso casual. Aunque este argumento parezca exageradamente escéptico, no hay nada que pruebe de forma estricta que el cuerpo responde al mundo interior, porque como digo, podría tratarse (nada lo impide en términos lógicos) de una sucesión de aparentes correspondencias increíblemente precisas y oportunas.

Hasta aquí las críticas a la concepción del sujeto desde la perspectiva de la no-separación entre sujeto y objeto. Evidentemente, a partir del Cúmulo de Empirias se pueden crear separaciones, y estas seguirán siendo tan válidas como cualquier otra perspectiva.

Sobre las perspectivas se tratará en el Artículo F.

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