[Filosofía] General. Artículo B: Las Cosmovisiones

En mi filosofía, la Cosmovisión es una cuestión fundamental, porque es la llave que abre múltiples mundos. Mi filosofía, por las conclusiones a que lleva su cimiento, esto es, observar las cosas tal y como se presentan, lleva a la paradójica consecuencia de que las cosas no tienen un modo único y “objetivo” de presentarse o aparecer, sino que tienen muchísimas formas de ser.

En ese sentido he tratado de profundizar en algunas de esas Cosmovisiones. Entiendo por Cosmovisión la composición o modo de ser de las cosas de acuerdo a presupuestos ontológicos y epistemológicos concretos (en ocasiones motivados por ciertas actitudes emocionales), o dicho de un modo más simple, de acuerdo a qué principios tomemos sobre cómo es el mundo, cómo es el ser humano y demás fundamentos básicos de la existencia.

Para mayor comprensión, se llama “ontológico” a aquello que hace referencia a la esencia de las cosas existentes. En la tradición analítica de la filosofía, la corriente dominante en el mundo anglosajón y que yo comparto en algunos aspectos, la esencia no es algo metafísico (entendido como algo más allá de lo perceptible), sino que se corresponde con aquellas propiedades o características de una cosa que nos permiten identificarla como tal. Es decir, la esencia de un coche no sería algo así como una entidad mística, más allá de este mundo, sino simplemente aquel conjunto de propiedades que hace que lo identifiquemos como tal (la forma, sus funciones, etcétera).

En cuanto qué significa “epistemológico”, es lo relativo a la teoría del conocimiento en general, es decir, de cómo los humanos adquieren conocimiento empírico, y por inclusión, de la percepción humana. Así, desde las Cosmovisiones más comunes existe una diferencia entre lo que son las cosas y cómo las percibimos, de ahí que se pueda distinguir entre ontología y epistemología; en otras, en cambio, no hay distinción alguna entre lo que una cosa es y el modo como esta cosa aparece empíricamente (que se corresponde con la noción berkeleyana del  Ser), de modo que la epistemología no existiría o no tendría razón de ser, y todo sería pura ontología.

Así pues, para transmitir qué es una Cosmovisión, cojamos las dos siguientes: la cosmovisión que se deriva, por ejemplo, de una actitud cotidiana, y la cosmovisión de una actitud escéptica. Cuando una persona vive inmersa en la Cosmovisión Cotidiana, esto es, de acuerdo a los presupuestos ontológicos y epistemológicos que manejamos en la vida cotidiana, como las leyes de la física (que serían presupuestos ontológicos, es decir, cómo es el mundo), uno concibe sin ningún género de dudas que si se lanza por la ventana desde un octavo piso no saldrá bien parado.

Sin embargo, esta seguridad, y en definitiva, esta forma de ser del mundo (si me lanzo, moriré o me partiré algunos huesos) puede modificarse si tomamos otra Cosmosivión, otra perspectiva del mundo, esto es, otros principios ontológicos. De hecho, si adopto una actitud escéptica, podría dudar de que después de lanzarme muriese o saliese herido, e incluso podría dudar a niveles más profundos, y cuestionar el mismo hecho de que tras lanzarme vaya a precipitarme hacia el suelo y no prenderme en llamas o volar. Hablo de todo esto en tono ligero y cómico para hacerlo más ameno, pero desde un punto de vista filosófico nada me asegura qué va a suceder en una determinada situación, por más radicalmente escéptico que pueda parecer dudar de las “leyes físicas”. A fin de cuentas, estas no son más que previsiones hipotéticas basadas en una serie de casos repetidos en la experiencia, de lo cual no se asegura nada.

Ahora que hemos puesto un ejemplo concreto, creo que puede verse con mayor claridad en qué consiste una Cosmovisión: de acuerdo, como digo, a los presupuestos ontológicos y epistemológicos de un determinado momento el mundo cambiará sustancialmente. Dicho de otro modo: según qué idea tengamos de qué es el mundo y la realidad, esta cambiará.

En eso consiste la fuerza de las Cosmovisiones: ¡no tiene por qué existir ninguna realidad única y objetiva, estable y fija (a menos que uno tome, paradójicamente, esa Cosmovisión)! Porque solo con que tomemos otros criterios ontológicos, esa realidad vivirá una Revolución Ontológica y se transformará en algo incluso opuesto a la realidad anterior. ¿Acaso vivimos en la misma realidad? ¿No vive una persona deprimida en una realidad distinta que la persona feliz? ¿Viven en el mismo mundo una persona conformista con el sistema y una revolucionaria? Para la primera la sociedad es sana y el  Estado y el Capitalismo son deseables; para la segunda todo lo contrario, por consiguiente no es que tengan un punto de vista distinto: es que viven en realidades distintas, porque así lo perciben. Es cierto que una persona puede comprender la Cosmovisión de otra, y mientras la comprende se introduce en ella, pero luego puede regresar a “su” Cosmovisión por tener otros criterios ontoepistémicos.

Ni siquiera compartimos el mismo espacio y tiempo, sino que cada uno parece tener una percepción propia acerca de los ritmos de los acontecimientos, y las dimensiones espaciales también parecen ser relativas a nuestra ubicación y percepción de las distancias. Nuestros mundos son semejantes y por eso podemos comunicarnos, y si nos esforzamos podemos compaginarlos en algunas cuestiones (por ejemplo, en cuánto mide algo), pero me parece imposible eso de que vivamos exactamente en el mismo mundo cuando cada persona tiene una concepción única y complejísima de su realidad.

No solo eso, sino lo que es más impactante: no necesitamos ninguna justificación “empírica” para tomar una Cosmovisión u otra. No hay nada que nos obligue a ser leales a una Cosmovisión determinada, sino que bien podemos fluir de unos presupuestos ontoepistémicos a otros. A este hecho (que, una vez más, podría ser invalidado si el lector/a no quiere apreciarlo así desde su propia Cosmovisión) lo he llamado Anarquía de los Fundamentos Ontoepistémicos.

No hay, en efecto, ningún principio rector que determine qué visión del mundo hemos de tener, y nada nos obliga a ser fieles a una en particular, independientemente de cualquier criterio que trate de constreñirnos a esa visión. Por ejemplo, la ciencia contemporánea tratará de justificar su Cosmovisión con los “datos empíricos”, pero esos datos pueden modificarse en muchos sentidos: un místico podría invalidar, por ejemplo, las distinciones entre las cosas del mundo que maneja un científico, y decir que en realidad todo es una Totalidad indiferenciada, y si así lo percibe él, ¡ese es su mundo, y estará igual de fundamentado y probado que el del científico! Pues  ambos se basan en lo que se les aparece empíricamente.

Por tanto, mi filosofía podría ser una especie de relativismo o subjetivismo extremo, aunque paradójicamente también podría considerarse un objetivismo radical. ¿Por qué? Porque si yo tomo una Cosmovisión abierta a las Cosmovisiones ajenas, entonces entenderé por qué es relativismo, pero si yo estoy inmerso en mi propia Cosmovisión, entonces las cosas serán así y no de otra manera. Constantemente pasamos del relativismo al objetivismo. Para que se entienda: cuando me relaciono con otras personas hay una cierta tendencia a compaginar nuestros mundos para poder comprendernos (incluso cuando disentimos), pero cuando estamos solos, el mundo que nos rodea y nuestra visión de las cosas es así, es La Realidad, a menos que estemos adoptando una Cosmovisión más abierta.

Y bien, después de este largo artículo, creo que se entenderá por qué en cada artículo filosófico expondré desde qué Cosmovisión parto. Los artículos inmediatamente sucesivos partirán desde una Cosmovisión Hipersintética, en la que se tratará de eliminar todas las distinciones de la realidad (es decir, sintetizarlas) para explorar la Unidad Indiferenciada.

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