No sigas ninguna norma al escribir

Y mil manuales que te dicen todos lo mismo: que los adverbios acabados en “-mente” son el demonio, que poner muchos adjetivos es el diablo, que ser muy descriptivo es Lucifer. Por largo tiempo caí en esas garras, y todas esas normas estilísticas estúpidas poseyeron mi alma de escritor durante demasiado tiempo, unos meses quizás, SÍ, DEMASIADO. “¡Oh, escribe en mayúsculas! ¿Pero qué es esto? ¿Cómo pretende ser un buen escritor así? Eso no está permitido…”.

Permitido ¿por quién? ¿Quién osa nombrarse a sí mismo Señor del Idioma? ¿Quién tiene la arrogancia de considerar que puede prescribir cómo se escribe y cómo no? Sí, caí en esas garras durante demasiado tiempo, y este mismo blog da cuenta de ello. ¡Cuánta lástima por las almas que siguen escribiendo bajo normas!

Porque antes de eso yo era libre, porque no tenía tantas gilipolleces en la cabeza, y los dedos volaban sobre el teclado, porque no había armazones.

Y no escribas esto, y no escribas aquello otro, demasiado forzado, poco coherente, no es verosímil y mil polleces más, que ya estoy harto. Todo este tiempo de tortura, en que el peso del ESTILO CORRECTO sumergía mi cabeza en alguna bañera de alguna habitación infame, ha servido para sacar al anarquista que llevo dentro y rebelarme también contra los Arrogantes de la Lengua.

Al fin me di cuenta, no temáis. Advertí que un escritor no debe someterse a ninguna regla, que la escritura es un espíritu libre. Al principio seguía siendo como un polluelo asustadizo y me decía: “¡Pero las reglas gramaticales sí!  Al menos sigue esas: ¡esas tienen sentido! ¡Tienen una función clara!”.

Pero nah, también exterminé a ese cobarde que llevaba dentro. Y ni diccionarios, ni registros lingüísticos, ni reglas gramaticales, nada ancla ya a este bajel pirata, que seguirá robando tesoros de las Islas de la Inspiración y entregándoselas a quien quiera leerlas y a quien no quiera, que visite otras islas.

Porque al final uno se da cuenta de que se ha estado comportando como un esclavo para con el público lector y toda la corte de intelectuales que pretenden poner cadenas al ARTE DE ESCRIBIR. Por una dimensión de la realidad en que uno puede ser absolutamente libre, como lo es la escritura, ¡y nos esforzamos en seguir poniéndonos barrotes! ¡Como si uno tuviera que ser servicial incluso en la expresión de su alma!

Pero llega el día en que mandas a todo el mundo a tomar por culo, te deshaces de todos los prejuicios y etiquetas y normas, y ese día sientes la LIBERACIÓN. Y te dices: “Ahora voy a empezar a escribir. Hasta ahora no he hecho más que someterme al juicio ajeno, y creía que escribía, pero solo mendigaba aceptación. Ahora ya no. Voy a empezar a escribir“.

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