Cuando sientes que has madurado un poco más como escritor

Echo la vista atrás y leo escritos míos de hace un tiempo, quizás no mucho, unos pocos meses, y me doy cuenta de lo mucho que he avanzado como escritor. Al menos así me lo parece a mí. Dejando de lado la cuestión de que no existe forma de establecer criterios o valores literarios absolutos (es decir, válidos por sí mismos y no de acuerdo a la opinión de cada persona), sí tengo unos valores literarios propios, y es con respecto a estos que creo haber mejorado.

Volviendo a la Tierra, decía que lo curioso (a ver si coincidís conmigo los que lleváis bastante tiempo escribiendo o por el contrario disentís) es que creo que la madurez como escritor depende mucho de la actitud con la que nos tomemos el hecho de escribir. Y no me estoy refiriendo a si nos lo tomamos como algo importante en nuestras vidas o no.

Creo que hay factores en el hecho de mejorar o madurar como escritor (en mi caso decir que he madurado del todo es exagerado, aparte de que no sé si eso es algo posible, pero sí creo haberlo hecho parcialmente); hay factores en el hecho de mejorar como escritor, digo, que resultan ajenos a lo que se plasma en el papel. Hechos fundamentales que intervienen en el estilo y la calidad del contenido sin que se trate propiamente de técnicas narrativas, experiencia literaria y demás cuestiones directamente vinculadas.

Y el factor que quería tratar en este artículo consiste en la DIFERENCIA ASTRONÓMICA que existe entre escribir para demostrar y escribir porque se siente.

 

Escribir para demostrar

 

Escribir para demostrar algo. Cualquier cosa, no importa de qué se trate, pero para DEMOSTRAR. En esta fase, uno escribe para convencer a los demás, por medio de su literatura, de que es alguien virtuoso, importante, valioso y demás derivaciones del narcisismo, o lo que es lo mismo, de la baja autoestima mal tratada (la enfermedad de este siglo).

Uno escribe entonces con el objetivo de que LO RECONOZCAN. De obtener méritos y prestigio, de que los demás vean lo que uno es capaz de hacer. “¿Habéis visto qué analogía tan magistral acabo de hacer? ¡Soy un gran escritor y todos lo verán pronto!”. Y se compara con los otros escritores: “¡Qué mal narrado! Yo lo habría hecho mejor”. ¿Te suena?

Y andando el tiempo, o corriendo las letras, llega un momento en que esta fase muere por implosión hipermegatermonuclear. Y uno entonces empieza a…

Escribir porque así lo siente

 

En esta fase, uno no escribe para demostrar nada, no escribe como un esclavo de la aprobación ajena. No espera de los lectores que lo admiren como persona o como escritor, sino simplemente hacerlos vibrar, hacerlos sentir, convencerlos una vez más de que la literatura vale la pena, pero siempre siendo fiel a sí mismo.

Y entonces deja de pensar en el otro y empieza a escuchar la voz de su interior. Comienza a escribir lo que realmente siente que quiere escribir y en el modo como quiere hacerlo, y se deshace de todas las exigencias que tontamente se había puesto sobre cómo agradar a los demás.

Ya no escribe como un niño. No escribe como el que hace todo lo posible por fascinar al otro, sino que escribe aquello que le fascina a él mismo. No fuerza tramas, no fuerza el estilo, porque no quiere demostrar, sino simplemente escribir.

Ahora ya solo busca fascinarse a sí mismo, experimentar con esto de escribir, conocerse a sí mismo, volar. Si a otros también les fascina bienvenido sea, pero no es el objetivo primario. Y no digo que a veces podamos escribir con la mente puesta en cómo puede impactar más al lector un modo concreto de presentar una escena, o el orden en que se presenta la sucesión de acontecimientos. Pero siempre, como digo, manteniendo nuestra esencia en lo que se escribe y en nuestro estilo.

Ahí uno se empodera de sí mismo, asume quién es y su propia diferencia, y en lugar de concebir lo que escribe como un anuncio publicitario, algo que debe gustar a todos, lo ve como una extensión auténtica de sí mismo.

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