El ser humano es capaz de encontrar semejanzas en lo diferente

“¿No me digas?”, estará pensando el lector. “Eso no es ninguna novedad”.

Pero si analizamos la cuestión en profundidad, veremos que esconde más complejidad de la aparente. Hay implicado un problema filosófico, y de psicología de la percepción, al que he llamado “Problema de las comparaciones“.

Consiste en lo siguiente: ¿cómo es posible que el ser humano pueda realizar comparaciones entre cosas distintas? Es decir, si una mesa es cuadrada y de madera, y otra es redonda y de plástico, ¿qué hay en ambas mesas para que uno pueda identificarlas como pertenecientes a una misma categoría, en este caso, la categoría “mesa”?

Se podría responder: “Pues el mero hecho de que ambos objetos tienen unas semejanzas y una misma utilidad”.

Bien, sí, tienen unas semejanzas. Y aquí está el problema. Porque ¿dónde está la línea que distingue una diferencia de una semejanza? ¿En qué punto una diferencia pasa a ser una semejanza? Porque las mesas son diferentes, como se dice que un altavoz es diferente a un perro. Sin embargo, las mesas se consideran semejantes, quizás porque tienen una forma parecida: una plataforma horizontal sostenida por algún soporte. Pero ¿qué hay en nuestra mente para que detectemos esas semejanzas, si en realidad son diferencias? ¿Acaso hay una escala en el grado de diferencia entre dos cosas concretas, y si no se supera cierto umbral esas diferencias se consideran semejanzas y no llegan a ser diferencias? ¿Cómo definiríamos “semejanza”?

Si acudimos al diccionario, como suele suceder en los casos en que uno trata de encontrar la definición de algún concepto o realidad fundamental, nos encontramos con definiciones circulares. En el caso del DRAE, de “semejante” nos lleva a “parecido”; de “parecido” a “aspecto” y “apariencia”; de “aspecto” a “apariencia” y de “apariencia” a “aspecto” y “parecido”. Como se puede ver, nunca se termina de definir el concepto. Eso sucede, como digo, con otros conceptos nucleares como “existencia”, que nos lleva a “ser” y este de nuevo a “existir”.

Pero tampoco hay que culpar a los filólogos, porque se trata, considero, de una cuestión perceptivo-lingüística: aquello que no se compone de elementos no se puede definir, porque definir es simplemente concatenar características y atributos. Por tanto, aquello que es tan fundamental que no está compuesto de atributos, sino que es una cosa simple, no se puede definir: no podemos definir el color rojo, porque no se compone de elementos o partes constituyentes, etcétera. Sí podemos definir cosas como “coche” porque está compuesto de partes.

Pero retomando la cuestión de las semejanzas, nos encontramos con estas definiciones circulares. Por tanto, una de dos: o es un concepto absolutamente vacío, o es un concepto fundamental.

Me inclino más bien por lo segundo, aunque realmente no termino de entender cómo nuestra mente concibe las semejanzas. Si una cosa es diferente a otra, ¿qué significa que a la vez sea semejante? Esa es mi pregunta, ya que “ser diferente a X” y “ser semejante a X” parecen características en cierto sentido incompatibles. Parece como si la semejanza se encontrara entre la identidad de dos cosas (es decir, “que sean idénticas”) y la diferencia entre dos cosas, pero eso es imposible, dado que la diferencia y la identidad son opuestas.

Hay quien diría aquí que existen realidades intermedias entre dos opuestos, como la escala de grises entre el negro y el blanco. Pero en el fondo, el gris es un color independiente, no una mezcla: es posible que sea el resultado de esa combinación de colores, pero una vez se realiza, es una realidad aparte. El gris no es “medio-negrura” o “medio-blancura”, es gris. Y del mismo modo una cosa no puede ser “medio idéntica” o “medio distinta”, algo así no puede concebirse: o es distinta o es idéntica.

Entonces, tenemos que el ser humano es capaz de realizar comparaciones entre cosas distintas, y aparentemente descubrir las semejanzas que guardan entre sí. CÓMO ES POSIBLE QUE LA MENTE PUEDA VER LO COMÚN EN LO DIFERENTE, SI JUSTAMENTE ES DIFERENTE, sigue siendo un misterio para mí, pero es evidente que somos capaces como humanos de hacer eso por la argumentación siguiente.

Antes creía que el ser humano no hacía verdaderamente comparaciones, sino que lo que hacía era eliminar las diferencias entre dos cosas y concebir una tercera cosa que se concibiera como la reunión de ambas. Me explico: si veías una mesa cuadrada y de madera, y otra redonda y de plástico, la mente, por un breve instante, eliminaba las diferencias de ambos objetos y concebía una mesa ideal, una mesa concreta que solo se daba en la mente, y que esta concebía como la representante de ambas. Era un platonismo conceptualista. De ese modo se resolvía la cuestión: la mente no concibe las diferencias, sino que las elimina en favor a una mesa-representativa, y como esta es solo una, no hay verdadera comparación.

Pero luego me planteé: para que la mente pueda reconocer que cada una de las mesas concretas encaja o se corresponde con esa mesa-representativa que yo hipotetizaba, tenía que haber a su vez una comparación entre esas mesas y la mesa-representativa. De lo contrario, ¿cómo iba  a saber la mente que encajaban en esa mesa-ideal? Tenía que haber algo inherente en las mesas para que pudieran reconocerse como encajables en la idea de mesa.

De nuevo, las comparaciones se hacían necesarias, y por eso digo que es una capacidad propia del ser humano. Ahora, cómo funciona, cómo es posible que dos cosas distintas se conciban a la vez semejantes, sigue siendo un completo misterio para mí.

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